Alejandro Dumas, La dama de las camelias

Nació en París el 29 de junio de 1824, cuando su padre tenía veintiún años. Murió en Marly-le-Roy el 27 de noviembre de 1895. A los veinticuatro años —1848— publicó LA DAMA DE LAS CAMELIAS, novela que hoy ofrece a sus lectores COLECCIÓN AUSTRAL, llevada al teatro en 1852. Hijo natural del archi famoso autor de Los tres mosqueteros, fue reconocido por éste en 1839. Tuvo una juventud borrascosa, ya que dejó la casa paterna a los dieciocho años. En compañía de su padre viajó por España con motivo del casamiento del duque de Mont pensier con la infanta Luisa Fernanda (1846). De España pasaron a Argelia. Desde muy joven publicó versos y prosas, ya que tuvo las revistas y las editoriales a su alcance por influjo de la celebridad de su progenitor. Por origen y talento literarios vivió siempre en la popularidad y en medios fastuosos. Sus temas dramáticos alzaban tormentas morales, pues planteaba asuntos escabrosos para su tiempo, de los que no salía bien parada la familia tradicional. Lo que en él era terrible, los acontecimientos históricos hicieron romántico y rosa. Puede afirmarse que LA DAMA DE LAS CAMELIAS es una de las más populares novelas de todos los tiempos, traducida a los más diversos idiomas, hecha ópera por Verdi, en La Traviata, llevada al cine en una película inolvidable de Greta Garbo, condenada y prohibida para mayor encelamiento de lectores. Margarita Gautier es la cortesana más conocida del mundo occidental decimonónico, que tanto ayudó al legendario renombre erótico de París. Los amores de Margarita Gautier y Armando Duval han derramado ríos de lágrimas, alzando tolvaneras de suspiros. Nuestro tiempo ha quemado muchas cosas, algunas dignas de vivir, pero no ha podido anular el tirón sentimental de LA DAMA DE LAS CAMELIAS, obra de mayor fortuna aún que sus predecesoras La nueva Eloísa, de Rousseau, o Historia de Manon Lescaut y del caballero Des Grieux. De su novela dijo el mismo Dumas (hijo): «No soy el apóstol del vicio, pero me haré eco de la desgracia noble siempre que la oiga contar»

DESCARGAR: https://drive.google.com/file/d/1KAEoKriqRRAD50vEVF65KfxR2AWnPK8d/view?usp=sharing

 

Murray Bookchin, Por una sociedad ecológica

No hay día en que desde los más diversos y – solventes- medios de comunicación, no sé nos llame la atención sobre el proceso de saqueo- destrucción a que -sometemos- a nuestro mundo. Los problemas son de muy varia condición: superpoblación, destrucción de bosques y suelos, contaminación de las aguas y de la atmósfera, agotamiento de las fuentes de energía, desequilibrio entre campo y ciudad, con clara ventaja a favor de ésta, etc.
En el grupo de trabajos de Murray Bookchin, que en este libro presentamos, se abordan estos problemas en su raíz. Para Bookchin el origen de este proceso hacia la destrucción reside en el – principio» de dominación que ha regido el decurso de la humana civilización hasta la actual situación de impasse.
Dominación del hombre sobre la mujer, del adulto sobre el niño y el joven, relación de dominio de la humanidad sobre el mundo natural, de la ciudad sobre el campo, de una clase sobre otra, de determinadas burocracias sobre áreas enteras del globo. Dominación que consiste sustancialmente en hacer del dominado producto, o factor de producción, en un sistema en el que la producción-explotación no tiene otra finalidad que prolongarse ad infinitum —o ad destructionem. Rechazado el llamado movimiento socialista, en la medida en que se aferra a irritantes esquemas sectarios sobre a qué clase corresponde el poder, y se muestra incapaz de comprender que es precisamente en la esencia misma del poder-dominación-a que dicho movimiento aspira-donde radican los males de nuestro mundo, Murray Bookchin se ciñe a lo sustancial: el ser humano es parte integrante del ecosistema y en él tanto los factores como los individuos se mueven en una relación de complementariedad ; la categoría de esta relación es igualitaria. El enemigo del hombre y de la naturaleza, el destructor de la biosfera es el Estado y su gigantismo y centralismo intrínsecos.
La propuesta de Bookchin no es regresiva: el espectacular desarrollo tecnológico no es un mal en sí mismo, no se trata de renunciar a sus avances, sino de utilizarlos de una forma armónica con el medio y no sólo limitándonos a no contaminarlo, sino fundiéndonos en él. Tampoco es una propuesta utópica: no define punto por punto cómo será la vida futura, sino que señala la condición necesaria para que ese futuro pueda ser; esto es: la desaparición de la dominación, la desaparición del Estado. Tampoco se trata de un planteamiento imposible, ideológico o idealista, Bookchin constata y define cómo una corriente de conciencia de si mismo de la propia escisión y enajenación invade a los individuos de nuestra era: sustancialmente a los más sometidos, a los más humillados.